Me niego a repetir lugares comunes sobre España. Ni hablar de la piel de toro fragmentada, ni de crispación. Y por supuesto que no hablaré de la tan manida duplicidad (cuando no multiplicidad) de competencias y sus consecuentes gastos.
Hoy voy a hablar de lo que está pasando ahora mismo, a tiempo real, en ese país que consideramos nuestra casa, que cuando nos da morriña extrañamos, del cual nos quejamos constantemente y al que en ocasiones amamos/odiamos.
Sé que elegirlo como mi segundo “Qué está pasando en…” es bastante arriesgado, que se me puede calificar de partidista o populista… pero como bien sabéis, hoy estoy algo reaccionario y en el fondo me gusta el riesgo.
Si se preguntara: ¿Qué piensas de España?
Un alemán respondería: Sol, playa, sangría, poco productivos.
Un inglés: Un interesante modelo de estudio.
Un italiano: bah, sólo intentan seguir nuestra estela…(eso lo dirían mientras compran aceite español, calzado español y se preparan para un verano en Ibiza/Formentera).
Un francés: *&%$+`!!! o puede que ni contestara.
Un español: … paso palabra, pero me gustaría que hicieras esa reflexión interior.
Dejando atrás los tópicos localistas, veamos la situación.
Una tierra mayoritariamente reseca que logró hacerse una potencia criando ovejas. Un par de reyes que podríamos llamar “innovadores” que decidieron hacer una gran inversión.. que sorprendentemente salió bien y que proporcionó un Imperio. Una política exterior que durante siglos se basó en la explotación de las materias primas de ultramar, a las que posteriormente se les vendía el producto elaborado fabricado en la madre patria, y cuyo beneficio, en lugar de reinvertirse se destinaba a la propia protección del Imperio y a una serie de guerras europeas… que más que guerras eran riñas familiares bastante carillas… tanto que acabó endeudando al reino. ¿Cómo se soluciona eso? Privatizando. Empezamos por las empresas públicas más grandes de la época: las rutas comerciales (que se malvendieron a Inglaterra) y la venta de esclavos (también casi regalada a la recién emancipada Holanda). Sin tus principales ingresos… ¿qué hacer? ¿Acometer una serie de reformas sobre la propiedad de la tierra e incentivar la industria? Bah, tonterías… mucho mejor gastar a manos llenas.
Y llega el momento en el que la cúpula gobernante roza la mediocridad más absoluta… tanto, tanto, que hasta un pueblo al que le gusta disfrutar de la vida y las pequeñas cosas… se cansa y decide tomar medidas (aprovechando eso sí, una crisis económica y política… que los españoles nunca hemos sido excesivamente valientes, aunque algunos digan lo contrario). El silencio previo a un cambio recorre el país. Algo va a pasar y todo el mundo lo nota. Y algo pasa: una constitución… que acaba por no servir de nada. Todo arrasado por una invasión y un país excluido del mundo. Décadas de decadencia y mala gestión hasta llegar a un punto sin retorno, en el que las libertades individuales parecen cosa del pasado y cada cual se toma la justicia por su mano.
De los 60 años siguientes me niego hablar porque creo que ya se ha hablado demasiado. Y de pronto amanece.
Una nueva era se abre ante nosotros. Por fin hay una esperanza y todo saldrá bien. Habrá que hacer sacrificios, pero merecerán la pena. Yo cedo, tú cedes, él cede (un poco menos), pero en definitiva todos cedemos. Bendita UE que nos llena los bolsillos y nos va sedando poco a poco… Sin esfuerzo, como bien dirían en españistán nos sentimos ricos y poderosos. Las portadas de los periódicos no paran de repetir “el milagro español” o “la vuelta de los conquistadores”.
Similitudes.
Ahora cambiemos ovejas por ladrillos, unos gobernantes innovadores por iluminados, mezclémoslo con una política exterior errática, una dependencia energética del exterior brutal y una sensación creciente de lejanía del poder cada vez más vacío de poder.
Un boom, un crack, una recesión, una mentira tras otra. El pueblo que toma las plazas y queda en nada (de momento). Me gustaría seguir siendo optimista sobre ese punto, y en las próximas horas veremos que pasa en Sol, pero cada vez me cuesta más. Hace años tuve un sueño. Una revolución en Madrid, la gente corriendo por el Paseo del Prado entre barricadas y el Congreso como destino. Ya decía Calderón: Qué es la vida? Un frenesí. Que es la vida? una ilusión, una sombra una ficción, que el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son. O no. Y aun así, si así fuera, si la vida es un sueño, habrá que vivir ese sueño y hacerlo lo más placentero posible.
Existe un juego, Jenga. En el que todo se sostiene si tienes buena mano… y se equilibra un lado con el otro.
Los escritores de la Antigua Grecia ya teorizaron sobre el equilibrio. Todas las sagas clásicas giran en torno a esa idea. En el principio era el cosmos (orden), luego un personaje toma una decisión moralmente cuestionable, lo que inclina la balanza hacia el caos (desorden). Ese caos es el que lleva a que los personajes de esa Historia sufran una serie de penalidades indecibles, que por supuesto han sido decididas por los dioses olímpicos como si fuera un juego, hasta que por fin, un acto heroico de sacrificio personal restaura el Cosmos.
Hoy ya no quedan héroes y eso es justo lo que necesitamos. Ya lo cantaba Bonnie Tyler el mismo año que yo nacía y en el que tiene lugar el más famoso de los libros de George Orwell.
Nadie está dispuesto a bajar hasta el Hades a recuperar a su amada. ¿Qué cabe esperar? No lo sé.
Sólo sé que tarde o temprano en jenga las piezas caen. No todas, pero la estructura que había en un comienzo desaparece. Los cambios no son fáciles ni tienen que ser para mejor. Desafortunadamente España sabe demasiado de cambios.
Aun así, albergo un deseo. Un deseo de cambio a mejor. Un futuro en el que el sufrimiento haya merecido la pena. Dicen de España que su bandera es un fiel reflejo de su Historia: un país de sangre y oro. Espero que algún día pueda ver que toda esa sangre (sudor y lágrimas incluidas) haya dado como resultado un país brillante.
Hasta entonces, ánimo!